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¿Colaboradores o prisioneros? (parte I)

06.14.2016
06.14.2016
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Trabajar para empresas importantes obliga a viajar constantemente. Muchas de las organizaciones con las que tengo el placer de colaborar tienen sedes repartidas a lo largo y ancho de la geografía nacional y, con frecuencia, internacional, así que estoy acostumbrado a pasar muchas de mis horas profesionales en aeropuertos, trenes, taxis y aviones. Y confieso que últimamente me siento muy agredido por las enormes molestias y el trato desconsiderado que experimento como usuario de este tipo de servicios. Me explicaré.

Hace unos años, concretamente en agosto de 2010, tuve la oportunidad de viajar a Argentina y Chile con ocasión de la boda de Jeanine, la hija de mis mentores y maestros Jorge Kenigstein y Gracia Maioli, con su prometido Javier. Si bien tuve que cambiar mi adorado y caluroso verano madrileño por el invierno austral que en ese mes azota el Cono Sur, fue un viaje gratificante que recuerdo con cariño, especialmente por la calidez de los lugareños y la enorme hospitalidad con que mi pareja y yo fuimos tratados en ambos países.

Después de pasar varios días en Buenos Aires, tomamos un avión para dirigirnos a Santiago de Chile, ciudad de residencia de los novios y, por ende, en la que habría de celebrarse el enlace.
Y, aunque ni Lola ni yo somos tiquismiquis con los asientos que nos suelen asignar en los aviones, ése en concreto era un vuelo que queríamos hacer en ventanilla, con objeto de tener buenas vistas sobre la Cordillera de los Andes. No sólo porque el paisaje es espectacular, con picos que se elevan por encima de los 6000 metros y dan la sensación de que van a rascar la panza del avión, sino además porque acabábamos de leer la famosa novela “Viven”, escrita por Fernando Parrado, uno de los supervivientes de la tragedia del equipo de rugby uruguayo que en los años 70 tuvo la mala fortuna de estrellarse allí, teniendo que recurrir a todo tipo de estrategias, incluido el canibalismo, para sobrevivir. Cabe reseñar que tuve la oportunidad de conocer personalmente al señor Parrado unos años atrás, y su testimonio me causó tan viva impresión que me apetecía mucho empatizar con lo que esta gente tuvo que experimentar, aunque fuera imaginándome la situación a través de la ventanilla de un avión en pleno vuelo.

La señorita que facturó el equipaje en el aeropuerto de Buenos Aires, ante nuestra petición, nos dijo que sólo había una posibilidad de ocupar una ventanilla, y era que nos sentásemos en la salida de emergencia. Si bien se trata de una fila de asientos más cómoda que el resto, puesto que dispone de bastantes centímetros más de separación para facilitar la evacuación en caso de emergencia, ocupar uno de ellos lleva aparejada una importante responsabilidad: colaborar con el personal del avión en caso de accidente o evacuación urgente. Para ello es preciso estar en buenas condiciones físicas y psicológicas, ya que el instinto de supervivencia con frecuencia suele impulsarnos a abandonar a cualquier precio el foco del peligro, sin tener muchas consideraciones para con el prójimo. Por supuesto, aceptamos dicha responsabilidad y disfrutamos en consecuencia de un maravilloso y cómodo viaje sobre los picos andinos.

Hoy, apenas seis años después, vengo observando con una mezcla de estupor e indignación cómo han cambiado las cosas. Por ejemplo, si hoy quisiera utilizar el mismo asiento en cualquier vuelo de los que tomo regularmente, tendría que pagar un dinero extra por el derecho a esos centímetros de más. Hasta donde soy capaz de entender, eso significa que la compañía aérea prima los beneficios de esos euros adicionales, multiplicados por el número de vuelos que realiza al cabo del día, sobre quién está en las mejores condiciones para prestar auxilio al resto de pasajeros en caso de emergencia. Es cierto, vuelos hay muchos y catástrofes pocas, pero si debo fiarme de los pasajeros que me ayudarán en las puertas de emergencia, espero que no me pille ninguna.

El trato que recibo semana tras semana por parte de las compañías aéreas y ferroviarias, así como de los diferentes aeropuertos y estaciones que frecuento, ya no es el de proverbial amabilidad que solía ser una costumbre años atrás. Y nada tiene que ver la actitud de las personas con las que interactúo, que de todo hay; intuyo que es algo mucho más relacionado con la política de beneficios de las compañías, por una parte, y con la injusta y desconsiderada normativa de seguridad con el que se nos castiga desde hace unos años, por otra.

Iván Yglesias-Palomar, Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group

Ivan Yglesias-Palomar

Ivan Yglesias-Palomar

Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

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