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Cosas que aprendí en 2016 (Parte II)

01.18.2017
01.18.2017
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Pero en uno de los encuentros la cosa se torció. Y mucho. Durante la hora que duró la intervención de la persona responsable de la empresa, estuve observando atentamente el lenguaje corporal de los participantes. Y reconozco que me intimidó bastante; las posturas rígidas, los brazos cruzados, los rictus ácidos en la cara de muchos participantes y algunos ademanes un tanto agresivos no hacían presagiar un desenlace agradable, pero pensé que las técnicas habituales de manejo grupal, unidas al carácter profundamente balsámico del encuentro, se encargarían de deshacer los cubitos de hielo.

No fue así. De hecho, cuando me llegó el turno de intervenir no tuve tiempo más que de decir “Buenos días…”. En ese momento, uno de los participantes, como activado por un resorte, me espetó a la cara una cordial frase de bienvenida, que cito textualmente: “Sí, buenos días, buenos días, llevamos desde las ocho de la mañana con los “muchas gracias” y los “buenos días”. Pues que sepas que si no me lo hubiera ordenado mi jefe, que es ése -señaló a otro participante-, a buenas horas iba a estar yo escuchando tus buenos días”.

Me quedé petrificado, no esperaba una actitud tan áspera, y mucho menos cuando ni siquiera había comenzado a facilitar el encuentro. Ante mi asombro y la cortés petición de una explicación de su comportamiento, el participante mostró nuevamente la peor de sus caras y me respondió con otro improperio, más grosero aún -si cabe- que el primero. Invitado a irse si el taller no era de su interés, decidió quedarse por el carácter supuestamente obligatorio del evento.

Ni que decir tiene que, a partir de ese momento, el clima emocional en el que se desarrolló el encuentro dejó mucho que desear. Creo que fui capaz de salvar la situación con profesionalidad y oficio, pero evidentemente no fue el taller de mi vida, y, aunque nuestro sujeto no volvió a decir nada a lo largo del mismo, su actitud me hizo reflexionar mucho en ese momento, y también después. ¿Qué había hecho yo mal? ¿Por qué alguien que no me conoce había actuado de una forma tan sumamente grosera cuando mi única intención era ser cordial y ayudarle a tener influencia en la estrategia de la empresa? ¿Qué haría diferente de volverme a encontrar la misma situación? ¿Cuándo podría ocurrir de nuevo?…

Ignoro qué pasaba por la cabeza de ese hombre, pero, como las personas no suelen ser tan preventivamente desafiantes por naturaleza, parece obvio que estaba defendiéndose de algo que le había sucedido en la empresa con anterioridad, y de lo que yo no era nada más que la cara visible… o el trasero más fácil de patear en ese momento. Y precisamente eso hizo, independientemente de mi intención ayudadora.

La situación fue superada, digerida e interiorizada. Pero ¡qué duro resulta a veces aprender! Aún me duele el final de la espalda.


2- NO IMPORTA CUÁNTAS VECES HAYAS HECHO ALGO. LA SORPRESA PUEDE SALTAR EN CUALQUIER MOMENTO.

El presente aprendizaje lo obtuve a partir de un golpe mientras conducía mi moto. Si bien cualquier accidente de moto es potencialmente grave, éste sólo tuvo consecuencias físicas en el frontal del vehículo y en mi ritmo cardíaco, que debió llegar a 180 pulsaciones por minuto. Afortunadamente, nada más.


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Ivan Yglesias-Palomar

Ivan Yglesias-Palomar

Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

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