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Todo Dragón custodia un Tesoro: Gestionando el Cambio de forma efectiva (Parte II)

01.11.2017
01.11.2017
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La Seguridad y el Desarrollo son, por tanto, direcciones hacia las que nos acercamos y que necesitamos fundamentalmente para crecer y vivir con plenitud. El desarrollo está más asociado al movimiento, al cambio, mientras que la seguridad la tendemos a asociar en mayor medida a la estabilidad y la permanencia. No es raro que cada uno de nosotros tengamos un cierto sesgo, una preferencia hacia una de ellas, si bien un cierto nivel de ambas es necesario para nuestro bienestar.

Cuando vemos amenazado nuestro sentido de seguridad, experimentamos una sensación muy conocida: el Miedo, la consciencia de peligro o amenaza. El miedo suele tener mala prensa, principalmente porque se siente incómodo, pero esa es precisamente su función, el mantenerlos alerta ante los potenciales peligros que se pueden dar. Las alarmas precisamente están diseñadas para cumplir ese propósito de activarnos e incomodarnos para responder ante algo y muchos de nosotros preferiríamos no sentirlas, aunque esto no sea particularmente útil: imaginaos una alarma de incendios que en lugar de sonar como una estridente sirena fuera una agradable melodía de chill out… probablemente no nos invitaría mucho a movernos del sitio. No solemos hacer un uso muy productivo del miedo; en ocasiones nos paraliza y nos impide iniciar el cambio y en otras, tratamos de apañarnos, ignorándolo y tirando “pa delante”. Ambas respuestas no son especialmente útiles puesto que estarán desechando una información tremendamente valiosa para nuestro desarrollo.

Cuando lo que está en juego es nuestro desarrollo, nuestra otra alarma es una sensación que en inglés podríamos llamar como “angst”, la sensación de vacío, de aburrimiento y/o de estancamiento prolongado. Éste segundo sentir puede llegar a ser para algunas personas tan incómodo como el miedo, pero como alarma que es, también está diseñada para avisarnos de que debemos de introducir cambios significativos en nuestra vida. Ignorarlo puede pasarnos una factura muy grande cuando miremos hacia atrás y revisemos qué hemos hecho realmente significativo en nuestra vida (la crisis de los 40 suele ser un buen ejemplo de este tipo de ignorar). Utilizar inteligentemente nuestras emociones no implica pasarlas por alto o “superarlas”, sino comprender de qué nos están avisando y qué necesitamos aprender antes de actuar.

Los conflictos de cambio habitualmente ocurren cuando las diferentes direcciones chocan entre sí: por ejemplo “me siento aburrido o estancado en mi trabajo y me gustaría hacer otra cosa (angst-desarrollo) pero temo que no me admitan en otra empresa o que no encuentre nada mejor,… además tengo muchos compromisos financieros como para hacer experimentos (seguridad-miedo)” Como podemos observar es perfectamente válido que las diferentes necesidades colisionen entre sí. En este punto muchas personas optan por no hacer nada o en el mejor (o peor) de los casos “lanzarse a la piscina” sin asegurarse de que haya agua.

Todo dragón custodia un tesoro

Ante el anterior escenario, es habitual que veamos a nuestros sentimientos de miedo como fieros enemigos, como barreras que nos separan de nuestros deseos y nos impiden actuar. A esos enemigos los suelo llamar “dragones”.

Probablemente uno de los monstruos mitológicos que más respeto y a la vez admiración han suscitado a lo largo de la historia han sido los dragones, desde la Edad Media hasta el presente siempre han sembrado las leyendas y el folklore popular. Lo interesante es que en todos los cuentos y mitos los dragones siempre custodian algo muy valioso: un tesoro. Efectivamente, duermen custodiando grandes montañas de monedas y joyas, esperando acabar con cualquier aguerrido caballero que ose entrar en sus dominios y robar sus pertenencias. Es interesante porque muchos de estos cuentos son metáforas que representan nuestras luchas internas más características.

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Miguel Labrador

Miguel Labrador

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