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Yo juzgo, tu juzgas, nosotros juzgamos…

08.02.2016
08.02.2016
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Con toda probabilidad habrás pasado por alguna situación similar.

‹‹Imagina un concurrido instituto por la mañana, a las ocho, un frío día otoñal. María, una alumna inconformista y un punto alborotadora, poco hábil con las normas y nada familiarizada con la disciplina, corría alocada por los pasillos. Su coordinador, Don Francisco, miraba asombrado cómo su alumna, incorporada a las aulas hacía tan sólo unos pocos días tras la obligada pausa vacacional, ya provocaba murmullos, miradas y risotadas a su paso, tanto a sus amigos como a otros individuos no tan conocidos para la chica.

María, con su corazón dando tumbos y mil mariposas agitando las tripas sin compasión, avanzaba a rápidas y largas zancadas por los aburridos pasillos, apartando sin cuidado tanto a los otros alumnos como a cada tutor o instructor obstaculizando su camino.

-“¡Bu ! ¡Más rápido, boba!”-, susurraba para sí misma la muchacha. –“¡O soy puntual o Alicia va a ocupar la silla junto a mi Adrián!”-, balbucía María, mitad apasionada y mitad angustiada. Nunca facilitaría tanto las cosas a Alicia, su rival, la ridícula niña pija, rubita y malcriada… ¡Nunca! La maldita Alicia… con su cutis limpio, primoroso, sin un solo grano, sin una mancha o un lunar … Con su ropa cara y sus zapatos brillando al sol, cuando su papá la traía cada mañana al instituto con su cochazo 4×4 rojo rubí…

-“¡Nunca! Adrián y yo somos tal para cual, y vinimos al mundo para vivir juntos”-, gritó María muy alto, sin dar importancia ni al asombrado público ni a sus murmullos mal disimulados. ¡Jamás! Bastaba con imaginar a Adrián como una conquista final para Alicia, como su último y mayor galardón, para notar cómo las arcadas subían hacia su boca.

-“¡Nunca!”, volvió a gritar.

-“Para todos mis amigos, yo soy distinta, lista y atractiva. Natural y simpática, con capacidad para gustar a los chicos, y sin usar carmín, ni polvos, ni pomadas, ni cosas así…”-, razonaba María. –“No soy una maldita listilla, sabihonda y forrada como la tal Alicia. ¡Papanatas, por fin vas a cobrar lo tuyo! Yo nací para Adrián, y mi Amor sin duda ya lo ha notado. Adiós a tus sucios trucos, a tus miraditas sin disimulo y a tus lagrimitas, tan falsas como tú. ¡Adrián, no hay marcha atrás, hoy voy a por ti!”

Poco a poco, con cuidado y disimulo, María dio los últimos pasos hasta la sala, hasta su Amor, procurando dominar sus incontrolados latidos y acallar sus ruidosas bocanadas. Nada más pasar a la sala, caminando con los ojos fijos hacia abajo, como si contar las baldosas lograra ocultar su rubor, dirigió sus pasos hacia la ansiada silla, junto a Adrián. Miró a un lado y al otro, mas no lograba ubicar a su Amor. La silla había sido apartada y no había ni un alma allí.

-“¿Cómo? ¿Y Adrián?”, gritó María asombrada. –“Si ha usado la misma silla los últimos cinco años, y vino hoy pronto al instituto para solucionar unas dudas…”- dijo más bajito, como si hablara sólo para sí misma…

Cuando vio a Alicia tapando su cara con las pálidas manitas, llorando con amargura, mirando atónita hacia la silla vacía y sollozando angustiada, obtuvo la solución a sus dudas como un inhumano y súbito guantazo.

Adrián, sin mostrar la más mínima curiosidad por sus a igidas admiradoras, brindaba su sonrisa más cálida y cautivadora a Phil, un alumno australiano matriculado hacía pocos días. Phil, más lúcido, acariciaba con la mano sus propios rizos, rubios y caóticos, mirando a Adrián a los ojos con fascinación y complicidad.›› Nada tan humano como juzgar.

Opinión, juicio, suposición… Distintos frascos y una misma sustancia. Jamás toparás con ningún individuo inmunizado contra los juicios.

Y si has analizado con curiosidad las palabras usadas como titular para mi historia, sin duda habrás juzgado mi propósito al narrarla. Con toda probabilidad habrás imaginado mi obra como una fábula con una máxima final. Algo así como “Prohibido juzgar, o sufrirás los amargos frutos como ocurrió con María…”

Si así ha sido tu suposición, o quizás alguna otra similar, la nalidad buscada con mi obra ha sido alcanzada.

Mi motivación y sacrificio al planificarla, incluso cuando tan sólo imaginaba la trama inicial, han procurado un único propósito: publicar una historia poco común, con una longitud llamativa, y distinta a otra colaboración gracias a una singular particularidad.

¿Cuál?

766 palabras, 4.573 símbolos y una única “E”, la ahora mismo citada. ¿No lo habías notado?

Ah, por lo tanto sí había una máxi- ma: “Juzgar con prisas y sin filtros quizás podría ocasionar malas pasadas…”

Un cariñoso saludo.

Iván Yglesias-Palomar
Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group

Ivan Yglesias-Palomar

Ivan Yglesias-Palomar

Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

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